Cruje la tierra mundialista. Se sacude por la vehemencia con la que late el corazón del campeón. Parece un fenómeno sobrenatural que desafía todo tipo de pronósticos. Cuando parece que se calma y está vencido, más fuerte reacciona y más se impulsa para volver a la batalla. Como si reinventara sus capas, como si reconstruyera sus partes o creara nuevas vidas, su fe y su convicción le dan un aura que lo supone imbatible. Lo prueban y resuelve. Lo desafían y responde. Lo agitan y explota. Se aprecia desfalleciente y herido y es justo ahí, en el momento más complejo, en el espacio más sensible, en el que resurge y hace volar todo por los aires.
Es difícil ponerle razón a una jornada de tanta emoción. Si ante Cabo Verde creíamos haberlo visto todo, Egipto obligó a la Argentina a escribir una nueva historia que viaja sin escalas al álbum de hazañas inolvidables. A tono con la cultura de la espectacularidad estadounidense, el seleccionado volvió a ser ese héroe de película que en un nuevo capítulo de la saga es capaz de sobrevivir a todo tipo de desafíos. Con argumentos o simplemente con la convicción de que debe seguir esquivando las balas, la fe lo moviliza y lo impulsa hacia adelante.
Si el partido de dieciseisavos de final había puesto al equipo demasiado cerca del abismo, el duelo ante Egipto lo obligó a lanzarse al vacío. En la valentía de desatender cuales serían los posibles daños ante ese salto sin red, estuvo la mayor virtud del equipo. Arriesgar para ganar, sin importar si eso implicaba perderlo todo en el intento fue una demostración emocionante del coraje de la Argentina. El deseo de competir sufriendo para alcanzar la gloria sin tener certezas de llegar a alcanzarla, es lo que distinguirá la actuación de este grupo de hombres en esta Copa del Mundo. Una vez más, el equipo no temió en desnudarse en su afán desbocado por conseguir el triunfo. Fue salvaje y temerario y la agónica victoria fue su mejor recompensa.
El juego dejó también material para el análisis. Es verdad que el equipo fue reactivo ante la adversidad del resultado y en el tramo final del primer tiempo expresó sus mejores momentos desde que arrancó la competencia, pero también es necesario asumir que mantuvo algunas debilidades que a esta altura parece difícil que vaya a cambiar. Los nombres son casi los mismos de Qatar pero la respuesta colectiva está lejos de la de 2022. La mentalidad insaciable de los campeones disimula ciertas carencias del funcionamiento, pero en algunos nombres se ven más claramente las costuras.
El lateral derecho no da garantías con ninguno de sus exponentes, el medio campo tiene menos fluidez de la deseada como consecuencia de la elección de excelentes futbolistas pero con similares características y el ataque tampoco ofrece un menú de opciones que lo haga variado y contundente. Como agregado, el recambio hasta ahora muestra casi siempre los mismos nombres, lo que deja escaso margen para las sorpresas. Con cinco partidos jugados, seguimos soñando con un potencial que no se verifica en tiempo real. El pasado fue glorioso pero quedó atrás, el futuro es pura incertidumbre y en tiempo presente nada resulta sencillo.
La remontada se sostuvo en tres pilares fundamentales. “Cuti” Romero volvió a ser la bandera que empujó desde el fondo con su clásica agresividad y nuevamente anotándose entre los goleadores para iniciar la remontada y encender una llama de esperanza. Leandro Paredes recuperó su función como el encargado de distribuir y custodiar la sala de máquinas. Aún cuando el partido se rompió en mil pedazos y todo fue descontrol, siempre fue la claridad entre tanto vértigo y su quite oficiando de líbero cuando el equipo estaba lanzado a la búsqueda del triunfo, es la síntesis de como la inteligencia y la relación tiempo/distancia son esenciales para leer el juego y ocupar los espacios en el fútbol.
Por último y como siempre, más temprano o más tarde aparece Messi. Golpeado luego de fallar el penal y con él, todo el equipo por contagio, la jornada parecía dictar sus últimas páginas mundialistas. Sin embargo su deseo de competir no solo no lo exime del sufrimiento sino que allí encuentra el combustible que lo energiza para evitar el colapso. Leo desafió hasta a los dioses egipcios y se elevó hasta lo más alto de su pirámide de fútbol.
El final trajo una oda a la estética combinada con la eficacia en el cabezazo de Enzo Fernández, las lágrimas de un Scaloni emocionado como nunca y las reverencias para Messi admirado como siempre.
Ocho aspirantes continúan en carrera. El dueño de la corona ya demostró que no lo asusta pararse en el centro del ring, abrir su guardia si hace falta y ofrecer su mandíbula si es necesario. Confía en su guapeza impar, su pegada quirúrgica y un corazón indestructible.
En Atlanta volvió a quedar claro porque el campeón sigue vivo: solo con fútbol no va a ser suficiente para verlo rendido.