Perderlo todo y quedar en incertidumbre, el complejo panorama para los sobrevivientes del doble terremoto en Venezuela.
En el Polideportivo José María Vargas, convertido en refugio de emergencia en plena zona cero de la catástrofe, Emilia Rada pasa las horas sentada en una litera. Tiene 73 años y mira el movimiento de familias que entran y salen con una mezcla de cansancio y resignación.
“No quiero terminar los años que me quedan en un refugio”, señala.
Su apartamento quedó destruido cuando el piso superior se desplomó sobre la vivienda. No pudo rescatar ropa, documentos ni recuerdos. Durante varios días durmió en una plaza de Tanaguarena hasta que el olor de los cuerpos bajo los escombros la obligó a marcharse.
Como Emilia, miles de personas viven pendientes de evaluaciones técnicas y promesas oficiales.
El Gobierno venezolano asegura que quienes perdieron sus casas tendrán nuevas viviendas antes de que termine el año, pero en los albergues predomina la sensación de espera indefinida.
En la escuela República de Panamá, otra de las instalaciones habilitadas como refugio, más de 350 personas duermen repartidas en aulas donde conviven hasta tres familias por salón.
Las paredes aún conservan carteles escolares, pero el sonido dominante ya no es el de los estudiantes, sino el de radios portátiles, llantos de niños y conversaciones sobre desaparecidos.
El refugio es administrado por una docena de voluntarios de entre 20 y 27 años, muchos de ellos también afectados por el terremoto. Han creado un sistema digital para registrar a cada residente: dirección anterior, lesiones, familiares perdidos e incluso quién no ha logrado almorzar.
“Somos como el Titanic. Nos hundimos con el barco”, resume Daniel Rivas, uno de los coordinadores.
El centro cuenta con duchas, una pequeña clínica, lavandería y comedor. Los niños juegan en las escaleras y en la cancha de baloncesto mientras los adultos hacen trámites, buscan información o esperan noticias de familiares desaparecidos.
La convivencia en los refugios oscila entre la solidaridad y el agotamiento emocional.
“La gente está muy sensible y también llena de rabia”, explica José Méndez, voluntario del albergue.
“Perdí treinta años de mi vida”
Muchos perdieron casas y seres queridos al mismo tiempo. Otros siguen buscando a familiares bajo los escombros.
Charles Cordero, de 39 años, permanece en un refugio con una pierna escayolada y heridas en el abdomen. Su vivienda sufrió daños y nadie le ha dicho cuándo podrá regresar.
“No tenemos información precisa de qué van a hacer con nosotros”, afirma.
En Playa del Mar, una de las zonas más golpeadas de Catia La Mar, José, un hombre de unos 60 años, vigila día y noche el edificio semiderrumbado donde vivió durante tres décadas.
“Perdí treinta años de mi vida”, lamenta sentado frente a los escombros.
Organizaciones humanitarias advierten que las condiciones varían mucho entre albergues. Mientras algunos cuentan con servicios básicos, otros carecen de privacidad, espacios seguros para niños e instalaciones higiénicas adecuadas.
La Agencia de la ONU para los Refugiados calcula que cerca de 16.000 personas han tenido que buscar un lugar alternativo para vivir y que no todas han conseguido alojamiento. Algunas siguen durmiendo en las calles o junto a las ruinas de sus viviendas.
Las autoridades han pedido a los afectados registrarse en el sistema estatal Patria para acceder a ayudas y posibles alojamientos temporales en hoteles de Caracas.
Fuera de los refugios, la búsqueda continúa. En el complejo residencial Los Cocos, rescatistas civiles y soldados excavan túneles entre montañas de concreto. A veces encuentran cuerpos; otras, apenas un ruido que mantiene viva la esperanza.
Yicsar Yzaguirre observa desde la entrada de una excavación donde su esposo busca a su padre, su madrastra y su hermanastra de ocho años.
“Pero no importa. Tenemos que sacarlos a todos”, dice.
La frase resume el estado de ánimo de una ciudad suspendida entre el duelo y la espera. En La Guaira, las escuelas son dormitorios, los polideportivos son hogares provisionales y miles de personas siguen intentando imaginar cómo será la vida después del terremoto.
Con Reuters y EFE