No son cifras; son miradas detenidas en el tiempo. Al abrir la plataforma Desaparecidos Venezuela, lo primero que aparece no es un mapa de daños ni una estadística fría, sino decenas de rostros que observan desde la pantalla. Son nombres y apellidos registrados tras los sismos de magnitudes 7.2 y 7.5 que sacudieron al país el pasado 24 de junio. La interfaz muestra sus edades, las últimas ubicaciones conocidas y el momento en que se perdió contacto con ellos. Algunas fichas ya fueron actualizadas con la leyenda localizado; la mayoría sigue abierta. Cada fotografía representa una búsqueda en curso y convierte la rigidez de los balances oficiales en una realidad imposible de ignorar: detrás de cada cifra hay una persona en espera de ser encontrada.
Hasta el 6 de julio, el gobierno encabezado por la presidenta interina, Delcy Rodríguez, informó de 3 mil 535 personas fallecidas y 16 mil 740 heridas, con los mayores daños concentrados en el estado de La Guaira y distintos sectores de Caracas. Mientras las autoridades sostienen que han desplegado más de 29 mil efectivos nacionales junto con brigadas internacionales de rescate provenientes de una treintena de países, miles de familias continúan buscando a sus desaparecidos, intentando ubicar refugios o averiguando qué hospitales siguen funcionando.
Los terremotos no solo derrumbaron edificios, también fracturaron el flujo de información del que depende cualquier respuesta de emergencia. Durante las primeras horas, la interrupción de las telecomunicaciones, el colapso de vialidades y la falta de información consolidada dificultaron saber quién necesitaba ayuda, dónde hacía falta maquinaria pesada, qué comunidades permanecían incomunicadas o qué hospitales tenían capacidad para recibir pacientes.
En medio de ese vacío comenzó a construirse otra infraestructura: no con concreto ni acero, sino con mapas colaborativos, bases de datos, formularios ciudadanos y miles de reportes enviados desde teléfonos celulares. La pregunta dejó de ser únicamente cuántos edificios habían colapsado, para dar paso también a cómo reconstruir un canal informativo para orientar a los equipos de rescate y hacer llegar la ayuda a quienes más la necesitaban. Esa necesidad dio origen, casi de manera espontánea, a una red de desarrolladores, voluntarios, organizaciones y comunidades que comenzó a cartografiar la emergencia en tiempo real.
La emergencia no encontró un sistema humanitario funcionando en condiciones normales. Mucho antes del sismo, organizaciones nacionales e internacionales ya trabajaban en Venezuela intentando responder a una crisis prolongada, marcada por el deterioro del sistema de salud, la escasez de medicamentos y las dificultades para acceder a insumos esenciales.
Durante buena parte del gobierno de Nicolás Maduro, las autoridades negaron la existencia de una crisis humanitaria, mientras numerosas organizaciones denunciaban obstáculos para importar equipo médico, obtener permisos de operación o desplegar personal especializado. Este contexto durante años obligó a los actores humanitarios a trabajar sorteando restricciones burocráticas y logísticas que limitaron su capacidad de respuesta.
Una especialista con amplia experiencia en misiones humanitarias y varios años de trabajo en el país —identificada en este reportaje únicamente con las iniciales Y.F— asegura que los terremotos encontraron a la nación profundamente desgastada. Durante dos años y medio vivió de primera mano las trabas para ingresar insumos, obtener visas para el personal internacional, registrar organizaciones o trasladar recursos a través de puestos de control militares. "Hay una criminalización de la ayuda humanitaria que es muy fuerte", resume. "Esto les cayó en el medio de un país que estaba aislado".
Mientras los equipos de rescate intentaban abrirse paso entre los escombros, otra respuesta comenzaba a organizarse desde la sociedad civil. Y.F. recuerda que durante los primeros días conoció decenas de iniciativas espontáneas nacidas en redes sociales. Una excompañera creó, junto con un grupo de amigos, una cuenta de Instagram desde la que organizaron donaciones y coordinaban entregas de alimentos que ellos mismos preparaban para rescatistas y familiares que esperaban junto a las estructuras colapsadas. Profesores, vecinos y voluntarios comenzaron a hacer algo parecido desde distintos puntos del territorio. La tecnología no sustituyó el trabajo de campo, permitió que personas que nunca habían trabajado juntas encontraran una forma rápida de organizarse.
En paralelo surgieron al menos 14 iniciativas digitales independientes. Algunas registraban personas desaparecidas; otras concentraban reportes de daños estructurales, organizaban centros de acopio, localizaban refugios temporales, coordinaban brigadas de ingenieros voluntarios, facilitaban transporte para rescatistas o reunían información hospitalaria y apoyo psicológico. Vistas en conjunto, comenzaron a construir una red ciudadana capaz de conectar necesidades y recursos prácticamente en tiempo real.
Una de ellas es RedQuipu, una plataforma de código abierto creada para reunir buena parte de esas iniciativas en un solo sitio. Más que desarrollar una aplicación propia, funciona como un nodo que articula los proyectos especializados y facilita el acceso a los datos críticos desde un mismo portal.
Para Y.F., el mayor aporte de estas herramientas no reside solo en la tecnología, sino en la manera en que transforman la lógica de la acción humanitaria, permitiendo escuchar a las comunidades casi en tiempo real para responder a requerimientos que nacen desde el territorio, no desde oficinas situadas a miles de kilómetros de distancia.
"La necesidad surge de ellos y no de nosotros", dice.
Ese principio obliga a las organizaciones a responder a las prioridades expresadas por las comunidades y no solo a las definidas por los donantes. En ese proceso, la tecnología se convierte en un puente que convierte a los ciudadanos en participantes activos de la respuesta y no sólo en receptores de asistencia. Para ella, esta es una de las lecciones más valiosas que deja el terremoto: las herramientas digitales pueden fortalecer el trabajo humanitario cuando permiten escuchar mejor a las personas antes de decidir cómo ayudarlas.
La tarde del terremoto, Jhorman Piñero terminó su jornada como biólogo en un zoológico de Caracas sin imaginar la magnitud de lo ocurrido. Como millones de venezolanos, comenzó a seguir la emergencia a través de las redes sociales. Durante horas observó fotografías, videos y transmisiones hechas por personas que documentaban edificios colapsados en La Guaira. Una publicación terminó por cambiarlo todo.
Mostraba a un joven atrapado entre dos enormes losas de concreto. Los vecinos habían conseguido hablar con él y darle agua, pero nadie lograba sacarlo. Jhorman siguió aquella historia durante toda la noche. Al día siguiente volvió a buscar información. El joven había muerto antes de que llegara ayuda.
"La información fue de primera mano por las redes sociales. La información del Estado no fue pronta", recuerda.
La impotencia se convirtió en decisión. Reunió a dos amigos escaladores, cargaron cuerdas, arneses, mosquetones, poleas, herramientas de demolición, un taladro percutor y linternas. Esa misma noche condujeron hacia La Guaira sin pertenecer a ninguna organización de rescate. Respondían al llamado de auxilio que habían visto en internet.
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Llegaron cerca de las diez de la noche a Tanaguarena, en la parroquia Caraballeda. El primer grupo con el que se encontraron pertenecía a Protección Civil del estado Trujillo.
Según relata Jhorman, los rescatistas prácticamente no tenían herramientas para trabajar. Habían sido convocados durante la madrugada, permanecieron varias horas esperando autorización para salir y llegaron a la zona del desastre con poco más que el uniforme y algunas linternas. Cuando el grupo de voluntarios ofreció ayuda, los rescatistas les pidieron entregar todas las herramientas que llevaban porque ellos no tenían con qué comenzar las labores de búsqueda.
Aquella escena resumía las primeras horas de la emergencia. Mientras los cuerpos de rescate intentaban organizarse, la respuesta comenzó a sostenerse también gracias a ciudadanos que aportaron lo que tenían a su alcance. Unos llegaron con herramientas; otros llevaron agua y alimentos. Más tarde, un empresario facilitó una planta eléctrica y reflectores que permitieron mantener funcionando los equipos durante la noche. Ninguno pertenecía al mismo grupo, pero todos terminaron formando parte de la misma cadena de ayuda.
El primer objetivo fue un edificio del complejo residencial OPP-25. Vecinos habían escuchado los gritos de una niña atrapada bajo varias losas de concreto. Jhorman y el resto del equipo comenzaron a abrir un túnel de aproximadamente diez metros de longitud para llegar al lugar donde seguían escuchando la voz. Durante horas rompieron paredes, retiraron bloques de concreto y cortaron estructuras metálicas para abrir un paso.
Al amanecer lograron ver a Katara. Liberarla tomó varias horas más. Permanecía atrapada bajo una estructura metálica que inmovilizaba parte de su cuerpo. Cerca de las dos de la tarde del viernes consiguieron sacarla con vida después de una operación que se prolongó durante casi 14 horas.
Mientras celebraban el rescate escucharon nuevas voces bajo los escombros. Eran, entre otras personas, la madre de Katara y dos niños más. Intentaron llegar hasta ellos, pero sólo una persona más pudo ser rescatada con vida.
Con el paso de los días comenzaron a llegar brigadas nacionales e internacionales equipadas con cámaras térmicas, sensores de movimiento, herramientas hidráulicas y maquinaria especializada. Entre ellas estaban los Topos de México.
"Trabajaban por lo menos tres veces más rápido que nosotros porque tenían herramientas", recuerda Jhorman Piñero. La diferencia no estaba únicamente en la experiencia de los equipos. También en el equipamiento con el que pudieron enfrentar una emergencia de esa magnitud.
Mientras Jhorman removía concreto para llegar hasta personas atrapadas, en otros puntos del país cientos de ciudadanos hacían un trabajo distinto, aunque con el mismo objetivo. Actualizaban reportes de personas desaparecidas, verificaban direcciones, corregían mapas, confirmaban la disponibilidad de un hospital o compartían la ubicación de un centro de acopio. Nunca estuvieron en el mismo lugar ni respondieron a una misma organización. Sin embargo, todos participaban de la misma cadena de ayuda.
"Fue la sociedad civil la que atajó la tragedia", resume.
Con el paso de los días, fueron localizadas muchas de las personas registradas en plataformas como Desaparecidos Venezuela, pero la mayoría sigue esperando respuesta. Las fichas siguen ahí: algunas actualizadas, otras inmóviles desde hace días. Cada una conserva un nombre, una fotografía y una historia de vida que quedó interrumpida por los terremotos.