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El doctor X trató a decenas de niños aplastados por los escombros durante seis días seguidos.
Los primeros que llegaron a la sala de emergencias pediátrica gritaban y lloraban. Estaban adoloridos por los golpes que recibieron mientras sus padres los arrastraban fuera de los edificios, en medio del doble terremoto que sacudió el norte de Venezuela, el miércoles 24 de junio a las 18:04.
Pero a medida que pasaban las horas, los casos se volvían más graves: pacientes con las piernas necrosadas o inflamadas por la acumulación de sangre, en riesgo de shock o insuficiencia renal debido a las toxinas liberadas por los músculos bajo la presión de los escombros.
A diferencia de los primeros casos, estos niños no gritaban ni lloraban. Aparecían en el hospital inconscientes, sin identificación y sin padres ni familiares.
"El problema es el traslado en condiciones caóticas. No es lo que uno quisiera recibir, es decir, un paciente en ambulancia, con una vía tomada en el trayecto", explica el pediatra especializado en emergencias con la voz quebrada por el llanto. "Me afecta mucho porque estos pacientes que hemos celebrado que los han rescatado vivos terminan falleciendo o en condiciones muy disminuidas, sobre todo con el tema de las amputaciones o con daño renal".
A sus 62 años, el doctor X siente "pena" de pedir anonimato, pero está convencido de que puede "lograr mucho más siendo discreto en este momento".
En el pasado le reventaron los vidrios de su auto tras negarse a prescribir un antibiótico.
En sus 34 años de experiencia, nunca había presenciado tanto caos como el que desencadenaron los terremotos, ni siquiera en las circunstancias de conmoción social más importantes que se han registrado en Venezuela y que ha presenciado como médico: El Caracazo (1989), el deslave de Vargas (1999) y la pandemia por el coronavirus (2020 y 2021).
"A veces siento que ya no quiero ser pediatra. La mirada de esos niños se queda con uno para siempre", dice mientras aparta la cámara durante una videollamada para llorar.
El doctor X asegura que esta vez cada niño que llega a sus manos le recuerda a sus nietos o a sus hijos cuando eran pequeños.
"Lo más duro es la incertidumbre de no saber qué decir cuando preguntan por sus padres o saber que ya fallecieron, pero no poder decirles la verd
Mientras al doctor X le preocupan los niños, el doctor R lamenta las secuelas psicológicas y emocionales en los ancianos.
A kilómetros de distancia, en otro hospital de Caracas, el doctor R inició su carrera como médico internista hace unos años. También pide preservar su nombre para evitar represalias.
"Muchos pacientes de la tercera edad se quedaron solos, sin ningún familiar ni apoyo. Muchos no recuerdan ni cómo se llaman, no saben nada, ningún dato relevante sobre su identidad… Digamos que han hecho amnesia de ese momento".
Durante las últimas dos semanas, el doctor R ha trabajado más allá de su horario reglamentario, incluso en sus días libres.
"Paso por el hospital por decisión propia, porque no puedo estar tranquilo. Uno no está durmiendo bien, uno no descansa y eso tiene su consecuencia mental y física". "No se trata sólo de los pacientes de la tragedia, sino también de los que ya estaban hospitalizados y requieren atención".
Al igual que sus pacientes, durante los primeros días le preocupaba ser víctima de las réplicas.
El laboratorio del hospital donde el doctor R trabaja no estuvo operativo durante las primeras 48 horas después de los terremotos, por lo que no se podían hacer pruebas para "identificar los niveles de sustancias tóxicas" en los pacientes que padecían el síndrome de aplastamiento.
"Todo se tuvo que mandar a hacer por fuera. Si se hubiese hecho dentro del hospital, los resultados habrían tardado 45 minutos. Pero mientras el familiar encontraba el laboratorio, llevaba la muestra y traía los resultados, se tardaba como unas 2 horas".
El médico internista precisa que ese tiempo "hace una diferencia significativa en la sobrevivencia del paciente".
Si las pruebas revelaban que la sangre estaba contaminada, debían ordenar sesiones de diálisis, pero no había catéteres para conectar a los pacientes a las máquinas que extraen y purifican la sangre.
"El sábado (27 de junio) recibimos una donación de catéteres que se usaron todos ese mismo día. A partir de ese fin de semana hubo que depender completamente de las donaciones".
Los pacientes y sus familiares se alimentaron esos días gracias a los donativos de organizaciones locales y voluntarios que preparaban comida en sus casas y se acercaban al hospital para repartirla.
Como decano de la Facultad de Medicina de la Universidad Central de Venezuela (UCV), el doctor Mario Patiño lidera una enorme institución de estudios de pregrado y posgrado. Sus programas de posgrado se imparten en 21 hospitales públicos de la región capital, y más de 2.000 estudiantes cursan sus especializaciones.
Toda esa infraestructura, alimentada por decenas de voluntarios, se movilizó desde la noche del miércoles 24 de junio para organizar centros de acopio y dotar a sus colegas en los hospitales de lo necesario para atender a los heridos de los terremotos.
"En los primeros momentos hubo alguna resistencia por parte de algunos directores de hospitales públicos, pero pronto entendieron que sin esa ayuda los médicos que trabajan en esas instituciones no iban a poder hacer su trabajo".
Patiño dice que al principio recibieron de todo, incluso medicamentos con 5 años de vencimiento. Pero los voluntarios, en su mayoría estudiantes y profesores de las escuelas de la UCV, depuraron y organizaron la asistencia.
"Entre las donaciones hay cosas importantes como ventiladores para ventilación (mecánica) invasiva… Incluso un tomógrafo, un resonador que se le donó a un hospital público de la ciudad".
En las primeras 48 horas, los estudiantes de la Escuela de Computación de la UCV crearon una aplicación para gestionar los insumos en función de "las demandas que hacían cada uno de los centros hospitalarios".
Y para monitorear la evolución de la crisis desplegaron una sala situacional que les ha permitido adaptar sus esfuerzos a las necesidades de cada momento.
"El sistema de salud va a salir fortalecido, producto de la solidaridad que se ha generado", opina Patiño.
Sin embargo, advierte que la ayuda debe organizarse para atender la siguiente fase: el riesgo de propagación de infecciones.
"Ya pasamos la etapa de los pacientes fallecidos por la tragedia a una de salud pública, derivada de las condiciones de hacinamiento en los albergues, el manejo de agua potable y la disposición de las excretas". "Ahora estamos trabajando para crear alternativas frente a las enfermedades infecciosas".
Dos semanas después de los dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 con apenas 39 segundos de diferencia que sacudieron Venezuela, el parte de víctimas más reciente reporta 3.811 muertos, 16.740 heridos, 6.462 personas rescatadas y 17.907 damnificados.
Naciones Unidas calcula que hay 50.000 desaparecidos en Venezuela.