La fiesta del futbol está por concluir, las luces de la mayoría de los estadios se han apagado y la euforia colectiva comienza a disiparse. Tras semanas de ver al balompié en el epicentro de la atención global, toca hacer lo que la pasión suele evitar, la evaluación de los saldos a favor y en contra.
Durante años, la narrativa oficial nos vendió el Mundial de la FIFA 2026 como el gran catalizador económico de la década. Sin embargo, un análisis de los datos duros demuestra que, si bien el torneo dejó saldos positivos para ciertos sectores, la realidad macroeconómica estuvo lejos de las promesas de bonanza generalizada.
De acuerdo con las cifras finales presentadas por la Confederación de Cámaras Nacionales de Comercio, Servicios y Turismo (Concanaco Servytur), la derrama económica nacional durante los 25 días del torneo se ubicó en un rango de entre 45,000 y 50,000 millones de pesos (aproximadamente 2,000 millones de dólares).
Aunque la cifra suena espectacular, la realidad revela dos realidades incómodas: la cifra final se situó considerablemente por debajo de los 65,000 millones de pesos proyectados inicialmente por los organizadores y el sector comercial.
Un análisis de Grupo Financiero Banamex reveló que esta derrama equivale a apenas el 0.1% del Producto Interno Bruto (PIB) del país. Como comparativa cruda, los ingresos del Mundial representaron menos de la mitad de las remesas que entraron a México únicamente durante el mes de mayo.
Además, el beneficio del impacto económico estuvo profundamente centralizado en las tres entidades sede: la Ciudad de México, Jalisco y Nuevo León. Fuera de estas regiones, el efecto en el resto de la República fue prácticamente imperceptible, confirmando que el Mundial fue un evento de nicho regional, no nacional.
El turismo y el hospedaje fueron, sin duda, los grandes ganadores del certamen, concentrando 35,000 millones de pesos del total de la derrama. Con una ocupación hotelera promedio del 66% en las tres sedes (y picos de hasta el 90% en días de partido), el sector vio duplicar sus tarifas promedio en un 120%.
A pesar de estas ganancias, el comercio formal se enfrentó a un enemigo silencioso. La propia Concanaco reportó pérdidas significativas debido a fraudes digitales, la reventa descontrolada de boletos en el mercado informal (con precios que llegaron a cotizar hasta en 86 mil pesos en Guadalajara) y la proliferación de hospedaje no verificado.
La gran pregunta es: ¿Se compensó el gasto público de los gobiernos?
Para determinar si las ganancias compensaron la inversión estatal, es necesario desglosar en qué se gastó el dinero público.
La CDMX fue, por mucho, la entidad que más recursos públicos desembolsó. Bajo el pretexto del Mundial, el gobierno capitalino ejecutó una bolsa de 29,600 millones de pesos en infraestructura y mejoramiento urbano.
Se destinaron más de 23,000 millones de pesos en proyectos como la ampliación del Tren Ligero (2,387 millones de pesos), la Ruta Cero del Trolebús (con 60 unidades nuevas) y la remodelación del Aeropuerto Internacional de la CDMX.
Para modernizar la red hidráulica y de drenaje en las inmediaciones de las zonas turísticas y el Estadio Azteca, se invirtieron 7,000 millones de pesos.
Por su parte, los gobiernos de Jalisco y Nuevo León también destinaron miles de millones en adecuaciones viales, seguridad pública reforzada y embellecimiento de áreas aledañas al Estadio Akron y al Estadio BBVA.
Si se realiza una comparación financiera directa, el dinero recaudado por concepto de impuestos directos generados por el Mundial (como el IVA por consumo o el Impuesto sobre Hospedaje) no cubre en el corto plazo la masiva inversión de 29,600 millones de pesos realizada por la CDMX ni los gastos de las otras entidades.
A diferencia de otros mundiales (como Brasil 2014 o Qatar 2022) donde se construyeron estadios colosales desde cero que terminaron convertidos en "elefantes blancos", en México la infraestructura deportiva era privada (la remodelación de más de 3,000 millones de pesos del Estadio Azteca fue financiada de manera privada por Grupo Televisa).
El gasto público de los gobiernos locales se concentró casi en su totalidad en bienes públicos duraderos: transporte, vialidades, iluminación y redes de agua.
Los nuevos trenes ligeros, las cámaras de videovigilancia con inteligencia artificial y los kilómetros de drenaje reparados se quedan en la ciudad para beneficio diario de los ciudadanos.
El Mundial de Fútbol 2026 dejó en claro que la promesa de un "derrame económico milagroso" para las arcas públicas es un mito de mercadotecnia. Los beneficios turísticos y comerciales se concentraron en pocas manos y en zonas muy delimitadas de las tres grandes metrópolis.
Si juzgamos el Mundial únicamente bajo la óptica del retorno de inversión fiscal inmediato, los números no cuadran; los gobiernos gastaron más de lo que recuperaron directamente en recaudación por el evento. Pero si evaluamos el torneo como un "acelerador de obras públicas obligadas" que de otro modo habrían tardado décadas en materializarse, el saldo social es positivo. Al final, el balón rodó solo 25 días, pero la infraestructura que se construyó a su paso es la verdadera ganancia que le queda a los mexicanos.