México trabaja, pero no le alcanza: 57 millones de personas enfrentan condiciones laborales precarias

2026-07-25 11:55:29 - MUNDO

El precio del jitomate, la cebolla y el aceite dictan el estado de ánimo en la casa de Armando López. A sus 54 años, este cocinero pasa entre diez y doce horas diarias frente a las estufas de un pequeño negocio en un barrio céntrico de la Ciudad de México. Cuando hay banquetes o cumpleaños, borra del calendario los fines de semana. Trabaja a destajo. Sin embargo, su esfuerzo no siempre se traduce en estabilidad económica.

"Si trabajo gano; si no trabajo, no gano", resume Armando.

En su casa viven cuatro personas adultas. Dos de ellas tienen un empleo formal con acceso a servicios de seguridad social y dos trabajan por cuenta propia sin capacidad de acceder a ella. Entre todos reúnen el dinero para pagar la renta, poder vivir más cerca de sus trabajos y pagar los servicios, la comida y los gastos del hogar. Aun así, reconoce que viven al día.

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La pandemia terminó con los pocos ahorros que habían logrado reunir y, desde entonces, no han conseguido recuperarse. Cada semana hace cuentas para estirar el dinero. El precio de los alimentos cambia constantemente y cualquier incremento obliga a ajustar el presupuesto familiar.

Foto: Cuartoscuro

"Todo sube. Ya no compras igual que antes".

La preocupación no termina cuando sale del trabajo. Si él o algún integrante de su familia se enferma,  pagar consultas, medicamentos y tratamientos afecta directamente su bolsillo. Tampoco sabe cómo será su retiro porque la mayor parte de su vida ha trabajado sin un esquema de ahorro. Su mayor preocupación no es únicamente cuánto gana, sino qué ocurrirá el día que ya no pueda seguir trabajando.

El más reciente Reporte del Observatorio de Trabajo Digno, elaborado por Acción Ciudadana Frente a la Pobreza, estima que 57 millones de personas en México enfrentan al menos una condición que les impide acceder a un trabajo digno. Entre ellas hay 35.9 millones que trabajan sin acceso a seguridad social (el 61% de la fuerza laboral), 33.7 millones cuyos ingresos son insuficientes para cubrir sus necesidades básicas (62%), 32.6 millones que laboran en la informalidad y casi la mitad de quienes tienen un empleo (48%) carece de estabilidad laboral al no contar con un contrato estable.

Para Rogelio Gómez Hermosillo, presidente de Acción Ciudadana Frente a la Pobreza, la respuesta no está únicamente en los salarios. El problema, sostiene, es la manera en que está construido el mercado laboral mexicano.

"No es que el vaso esté medio lleno o medio vacío; está roto", dice para describir un sistema que, a su juicio, genera empleo sin garantizar las condiciones mínimas para que las personas puedan desarrollar un proyecto de vida con estabilidad.

La discusión pública suele concentrarse en cuántos empleos se crean cada año o en el nivel de desempleo. Sin embargo, el Observatorio propone mirar otra dimensión: la calidad de esos trabajos. Tener empleo no significa necesariamente contar con seguridad social, ingresos suficientes, estabilidad o representación para defender los derechos laborales. Y cuando alguna de esas condiciones falta, trabajar deja de ser una garantía contra la pobreza o la incertidumbre.

Foto: Cuartoscuro

Uno de los principales problemas, explica Gómez Hermosillo, es que el acceso a la salud continúa ligado al empleo formal. Esto deja fuera a millones de personas que trabajan todos los días como comerciantes, prestadores de servicios, repartidores, pequeños empresarios o trabajadores independientes. Son personas que producen ingresos, pagan impuestos en distintos niveles y sostienen buena parte de la economía cotidiana, pero que no cuentan con una red de protección cuando enfrentan una enfermedad, un accidente o la vejez.

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Armando forma parte de ese universo de mexicanos que además de la precariedad laboral deben sumar a su cotidianidad el estrés que esta produce. Cuando necesita atención médica, paga consultas particulares y compra los medicamentos con sus propios recursos. Si una enfermedad le impide trabajar durante varios días, el problema no es solamente el gasto en salud: también deja de recibir ingresos.

"Se le llama informalidad a lo que en realidad es precariedad", resume Gómez Hermosillo.

Detrás del concepto de informalidad existen millones de personas que trabajan largas jornadas, pero sin acceso a derechos básicos que permitan enfrentar los riesgos cotidianos de cualquier familia.

El Observatorio documenta que 86% de los trabajadores asalariados y subordinados carece de una representación colectiva efectiva o sindicato para negociar mejores condiciones laborales, mientras que 15.2 millones de personas permanecen fuera del mercado laboral porque llevan a cabo trabajo de cuidados no remunerado —una responsabilidad que recae en un 94% sobre las mujeres—.

La falta de un sistema nacional de cuidados también forma parte de ese problema. Mientras el Estado no garantice suficientes servicios para el cuidado de niñas y niños, personas mayores o personas con discapacidad, millones de mujeres seguirán enfrentando mayores obstáculos para incorporarse al mercado laboral en igualdad de condiciones.

El gobierno mexicano ha impulsado cambios significativos como la recuperación del salario mínimo, la regulación de la subcontratación y la ampliación vacacional. "Sería un error decir que no ha pasado nada", reconoce Gómez Hermosillo. Sin embargo, advierte que estas reformas solo maquillan el sistema formal sin tocar el problema de fondo: el éxito laboral se sigue midiendo por la cantidad de empleos generados y no por su calidad, celebrando una tasa oficial de desocupación del 2.5% que resulta engañosa.

Trabajadores en obras. Foto: Cuartoscuro

El discurso público confunde desocupación con desempleo. Mientras la cifra oficial solo cuenta a quien busca un puesto tradicional y no lo halla, el "desempleo completo" del Observatorio incorpora a quienes están disponibles pero atrapados por la falta de un sistema de cuidados. Bajo esta métrica real, el desempleo en México escala al 10%. Ello explica la paradoja de un país que consolidó un bum exportador bajo el T-MEC, pero cuyo crecimiento económico jamás se tradujo en bienestar para la mayoría. Una persona puede aparecer estadísticamente como "ocupada" y, al mismo tiempo, carecer de contrato, salud o ingresos suficientes.

La distancia entre el indicador macroeconómico y la realidad se percibe en la vida cotidiana de personas como Armando. Él "no sigue mucho las noticias" y no sabe de las negociaciones comerciales que en este momento se discuten entre los gobiernos de México, Estados Unidos y Canadá. Lo que sí conoce es el precio del jitomate, la cebolla, el aceite o el gas y cómo cada día cuesta más pagarlos. Con esos insumos prepara los alimentos que vende y alimenta a su familia. Cada aumento significa volver a hacer cuentas, ajustar gastos o resignarse a que el dinero alcance para menos.

Después de explicar por qué millones de personas trabajan sin alcanzar la tranquilidad económica, la discusión va más allá del tema laboral. Para el Observatorio de Trabajo Digno, el desafío consiste en replantear el papel que han tenido las políticas públicas para proteger a quienes viven de su trabajo.

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Entre las principales tareas pendientes, Gómez Hermosillo menciona la necesidad de construir un sistema de protección social que no dependa exclusivamente del empleo formal, fortalecer un sistema nacional de cuidados que permita a más mujeres incorporarse al mercado laboral y avanzar hacia mecanismos que aseguren ingresos suficientes para que el trabajo vuelva a ser una herramienta efectiva para salir de la pobreza.

En otras palabras, sostiene, el reto para México ya no consiste solamente en generar empleo. El desafío es que ese empleo permita enfrentar una enfermedad sin caer en una crisis económica, llegar a la vejez con una pensión o atravesar un periodo de desempleo sin perder el patrimonio construido durante años de trabajo.

La distancia entre ese objetivo y la realidad cotidiana se puede resumir, una vez más, en la historia de Armando, ese hombre regordete que cada día usa un delantal para trabajar. Cuando termina cada jornada vuelve a sentarse en una de las mesas de su cocina para hacer las cuentas, para calcular cuánto deberá gastar para surtir nuevamente la cocina, cuánto costarán las verduras la próxima semana y cuánto dinero quedará para cubrir los gastos de la casa. No sabe si el precio del jitomate volverá a subir, si alguno de sus familiares necesitará atención médica o si el trabajo alcanzará para terminar el mes.