“Hay saqueos y cierta anarquía”: una argentina en Venezuela relata la crisis y la incertidumbre que vive Caracas tras los sismos

2026-06-29 17:32:30 - MUNDO

“Hay muchos saqueos. La gente busca comida, pero también hay oportunistas que entran a los edificios para llevarse lo que quedó. Hay bastante anarquía”. La voz de Fabiola Amigo llega desde Caracas con una mezcla de cansancio y tensión.

Tiene 53 años, nació en la Argentina, pero vive en Venezuela desde los tres. Mientras habla, el teléfono se entrecorta. A su alrededor, la ciudad todavía intenta recuperarse de los terremotos que el miércoles pasado sacudieron gran parte del país y dejaron barrios enteros devastados.

El último balance oficial elevó a 1450 la cifra de fallecidos y a 3150 los heridos. El gobierno no ha actualizado el número de desaparecidos, mientras que estimaciones de Naciones Unidas lo sitúan por encima de los 50.000. A ellos se suman miles de personas sin servicios básicos y una población que permanece en estado de alerta ante las nuevas réplicas, como la que hoy por la mañana volvió a sacudir la región centro-norte del país.

“Hay muchísimas ganas de ayudar, pero poca organización. La sociedad civil reaccionó enseguida; el Estado, no tanto”, resume Fabiola. En las zonas más afectadas persisten edificios colapsados, cortes de agua y electricidad, dificultades para acceder a alimentos y una creciente preocupación por la falta de coordinación logística.

Hasta el inicio del primer temblor, el pasado 24 de junio, su familia disfrutaba de la jornada de feriado nacional. Ella, su marido y su hijo adolescente tenían pensado pasar el día en un club de playa en La Guaira, justamente uno de los lugares que terminaría convirtiéndose en la zona cero de la tragedia.

El plan cambió a último momento. “Mi hijo está terminando las clases y tenía que hacer un trabajo con sus compañeros. Nos dijo que no podía ir porque tenía que reunirse con ellos”, recuerda. Esa decisión terminó siendo decisiva. “Gracias a Dios no bajamos a La Guaira, porque nos hubiera tocado la tragedia ahí mismo”.

Después de dejar a su hijo en la casa de un compañero, Fabiola y su marido fueron a un centro comercial cercano a esperarlo. Era una tarde tranquila. En una pantalla gigante transmitían el partido entre la selección de fútbol de Brasil y la de Escocia. Mucha gente caminaba entre los locales; algunos miraban el partido; otros tomaban un café.

“Le dije a mi esposo: ‘Vamos a recorrer las tiendas de arriba’. Y, de repente, vimos que todo el mundo empezó a correr. Primero fue un movimiento suave y después el temblor se hizo muy fuerte”, cuenta la argentina.

Las enormes esferas decorativas colgadas del techo comenzaron a balancearse violentamente. Los gritos reemplazaron al relato del partido. Algunos corrían hacia las salidas, otros buscaban refugio.

“Nosotros mantuvimos la calma. Nos apoyamos en una columna y esperamos a que pasara lo peor. Después salimos inmediatamente”. Apenas terminó el movimiento, apareció otro problema. “No había señal de celular. No existía. No teníamos manera de comunicarnos y tampoco sabíamos qué había pasado realmente”.

Sin información y sin poder llamar a nadie, subieron al auto para ir a buscar a su hijo. “Todo el mundo estaba en la calle. Había pánico. La gente salía de los edificios sin saber qué hacer”.

El trayecto, que normalmente demanda unos quince minutos por las calles montañosas de Caracas, se hizo eterno. Cuando finalmente llegaron, encontraron al adolescente ileso. La casa donde estaba había sido construida con criterios antisísmicos. El televisor se había desplomado y algunos objetos habían caído, pero la estructura resistió.

Recién entonces pudieron empezar a tomar dimensión de lo ocurrido. La familia decidió reunirse en el departamento de una cuñada para pasar juntos las primeras horas después del terremoto. Sin embargo, la calma duró poco. “Cerca de las nueve de la noche hubo otra réplica muy fuerte. Y desde entonces siguieron muchas más. Uno entra en pánico. Yo desde entonces estoy mareada”.

Entre sus familiares y amigos más cercanos no hubo víctimas, pero conoce a personas que siguen desaparecidas y a otras que permanecen aisladas en edificios que no colapsaron, pero donde todavía no hay agua ni electricidad. “Gracias a Dios, mi gente está bien, pero sí conozco casos de personas que todavía no aparecen. Y hay mucha gente que quedó atrapada o incomunicada”, dice.

El efecto de los sismos en su departamento fue menor. Pese a que en la pared hay grietas y que las vigas presentan fisuras, un ingeniero civil ya revisó toda la estructura y confirmó que no presenta daños graves. La vida cotidiana todavía está lejos de recuperar la normalidad. Las clases fueron suspendidas por una semana más y buena parte de la ciudad permanece pendiente de cada nueva réplica.

“Hoy, a las ocho de la mañana, hubo otro sismo de cinco grados. Vivimos todos en estado de alerta. La normalidad no existe”, cuenta. En su trabajo, un canal de televisión donde se desempeña como jefa de compras y donde integra, además, la brigada interna de rescate, las jornadas ahora comienzan repasando las vías de evacuación y los planes de contingencia.

En medio del desconcierto, hay una imagen que se repite una y otra vez y que, para ella, resume la única buena noticia en medio de la tragedia: “La gente respondió muy bien. Los centros de acopio están exageradamente llenos porque todos salieron a ayudar. El que podía bajar a sacar escombros lo hacía; el que podía llevar comida, llevaba comida. Cada uno colaboró desde el lugar que pudo”.

Fabiola cree que esa reacción tiene una explicación. Después de décadas marcadas por crisis económicas, políticas y sociales, asegura que los venezolanos desarrollaron una capacidad de adaptación que hoy vuelve a ponerse a prueba. “Creo que hemos vivido tanto que estamos preparados para sobrevivir. Somos muy resilientes. Apenas pasó el terremoto, la gente se unió enseguida. Esa solidaridad fue inmediata”.